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Entre los días
16 y 19 de octubre se celebrará el II Congreso Internacional
de la Lengua Española, durante el cual se presentará la nueva
edición del Diccionario de la RAE. El español en Internet
y en Estados Unidos, su unidad y su diversidad son algunos
de los aspectos que protagonizarán ese encuentro. Sobre ellos
reflexiona el académico Fernando Lázaro Carreter.

Texto: JAVIER RODRÍGUEZ MARCOS

Desde que, después de siete años en el cargo, dejó en 1998
la dirección de la Real Academia Española, Fernando Lázaro
Carreter (Zaragoza, 1923) ha vuelto a lo que él llama sus
"estudios". Actualmente simultanea los artículos sobre el
uso de la lengua que continúan la serie de El dardo en
la palabra (Círculo de Lectores) con el prólogo para una
nueva edición de El Buscón, un clásico en el que es
toda una autoridad. Para ello revisa sus propias tesis y las
de los quevedistas más contemporáneos. "Me lo paso muy bien
dándome la razón", afirma irónicamente. La ironía y la sabiduría
-esa especie de erudición teñida de humanidad y humor- son,
precisamente, dos de los rasgos fundamentales del carácter
de este profesor cuyos libros han sido el mapa del territorio
de la lengua para varias generaciones de estudiantes y filólogos.
Aunque insiste en que su participación en el Congreso de Valladolid
será testimonial y en la nueva edición del Diccionario de
la RAE ha sido la de alguien que "sólo" pertenece a una comisión,
la opinión de Lázaro Carreter tiene el valor de ser la de
alguien tan atento al pasado -entre sus proyectos sigue una
Historia de la lengua literaria- como al frenético
presente del español, o sea, a su futuro.
PREGUNTA. ¿El nuevo diccionario se acerca más al ideal
que el anterior?
RESPUESTA. No tengo todos los datos porque yo sólo
formo parte de una comisión, pero la nueva edición es notablemente
mejor que la anterior. Se han cambiado más de dos tercios
del contenido. La gran ventaja es que, por una parte, todo
el proceso está informatizado -ahora será más fácil reeditar
el diccionario con mayor frecuencia, cada tres o cuatro años-,
y por otra, el texto se ha revisado por comisiones y se ha
leído completamente. En otras ediciones sólo se había revisado
parcialmente. Claro, que hay que tener cuidado con las comisiones.
Alguien decía que éstas deberían ser impares y, a ser posible,
no tener más de un miembro. Y ya sabe usted la definición
del dromedario: "Camello diseñado por una comisión". No obstante,
hablando en serio, un diccionario nunca es ideal. En ninguna
lengua. El otro día hablaba con un colega helenista y le decía:
"Para vosotros es más fácil porque la lengua ya está fijada",
y me decía que no era así porque continuamente aparecen nuevos
documentos. Que un diccionario fuese ideal significaría que
la Historia habría terminado.
P. ¿Qué aporta esta nueva edición?
R. Más información sobre morfología, sobre formaciones del
plural de las palabras extranjeras... Entran, además, muchos
anglicismos y extranjerismos en general que estaban ya totalmente
admitidos en el uso común. Boutique, por ejemplo, que
es algo específico, ni una tienda cualquiera ni una panadería.
Es una palabra de origen francés, pero también la palabra
jamón lo es.
P. ¿En cuanto a diccionarios y gramáticas estamos a la
altura de la importancia del español?
R. Aún no. No tenemos un diccionario Oxford, ni un Robert.
No tenemos ningún diccionario del nivel de otras lenguas extranjeras.
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Fernando Lázaro Carreter
dirigió la RAE entre 1991 y 1998.
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P. ¿Cuál es la asignatura pendiente? ¿El diccionario histórico,
la gramática...?
R. El diccionario histórico, porque la gramática,
que será espléndida -puedo decirlo porque mi contribución
ha sido pequeña-, ya está prácticamente lista. Saldrá, seguramente,
este mismo curso. Ahora que el trabajo de la Academia se ha
informatizado contamos con las bases para afrontar el diccionario
histórico, pero todavía falta mucho camino. Por otra parte,
tampoco las editoriales privadas se deciden a implicarse en
un proyecto así, como sí sucede en Francia.
P. Las editoriales no se atreven a publicar ese gran diccionario,
sin embargo, los libros de divulgación sobre la lengua, como
El dardo en la palabra o el propio Diccionario
de la RAE tienen un gran éxito.
R. Es cierto, pero, por otra parte, el desinterés por el
uso correcto de la lengua es cada vez mayor. Parece mayor
el interés por comprar que por leer y aceptar. Claro que es
más fácil comprarse un código de circulación que conducir
bien.
P. ¿Dónde está el problema?
R. En los medios de comunicación y en el desinterés
de los políticos por la enseñanza del idioma y por su propio
uso.
P. ¿En qué fallan los medios?
R. El problema es que cada vez hay más gente que tiene
acceso a los medios, y no sólo como oyentes o como lectores,
sino como locutores en la radio o colaboradores en la prensa.
Eso hace que los errores y su difusión se multipliquen. Antes
los periodistas, por ejemplo, eran menos y tenían una formación
más consistente, con más lecturas. Hoy cualquiera recién salido,
o sin haber salido siquiera, de la facultad comienza a colaborar
en los medios. Hoy los micrófonos están abiertos a mucha gente.
Luego está la rapidez con que se producen los cambios y con
la que se transmiten las noticias. Eso contribuye a la precipitación
en la escritura y, de nuevo, a los errores. Ahora, por ejemplo,
tras los atentados en Nueva York se repite continuamente que
hay cuatro mil efectivos desplegados en Afganistán, cuando
efectivos son todos, los soldados y los cañones. ¿Se imagina
la canción Soldadito español como efectivo español?
Es absurdo. Los periodistas caen continuamente en clichés
de la jerga profesional que empobrecen la lengua. ¿Por ejemplo?
Repetir continuamente "en otro orden de cosas". Parece que
uno ya no es periodista si no dice "en otro orden de cosas".
Los grandes periodistas son los que se apartan del cliché
y crean su propia lengua: Joaquín Vidal, Eduardo Haro...
P. ¿No existe ya la creatividad popular?
R. Yo veo poca. Por seguir en el periodismo, la mayor creatividad
se da en los deportes, que es a la vez, el ámbito en el que
se producen mayores dislates, pero expresiones como "lamer
el travesaño", "la cepa del poste" o "miedo escénico" son
muy audaces. Luego está la creatividad técnica, que no crea
lenguaje, sino terminología dentro de un campo cerrado. En
general, no obstante, se van perdiendo precisión y matices.
Ya nadie diferencia entre oír y escuchar. En la radio dicen
continuamente me escucha usted, me escucha. La expresión se
empobrece de una manera escandalosa.
P. ¿Quiere eso decir que también se empobrece el pensamiento?
R. Evidentemente. Van unidos. El lenguaje nos ayuda a capturar
el mundo, y cuanto menos lenguaje tengamos, menos mundo capturamos.
O más deficientemente. Una mayor capacidad expresiva supone
una mayor capacidad de comprensión de las cosas. Si se empobrece
la lengua se empobrece el pensamiento.
P. ¿Ve alguna solución?
R. En la escuela deberían hacer, simplemente, esta
reflexión: que la gente entienda que hay muchas maneras de
decir las cosas y que hay una más correcta que las demás.
No todo da lo mismo.
P. ¿Qué le parece la manera de expresarse de los políticos?
R. De entrada, los periodistas ya sólo hablan de formaciones.
No sé si es que la palabra partido tiene mala fama. Los políticos
son un reflejo de la sociedad. Son los representantes eximios
del pueblo. En todos los sentidos. Calidad idiomática en los
políticos yo no encuentro ninguna. La dejadez es total. En
el Parlamento ya no se oye un solo participio terminado en
"ado". A los políticos no les preocupa el idioma. Tampoco,
claro, les interesa la persuasión, sino descalificar al contrario.
Sólo tratan de convencer a los convencidos. Ya no existen
oradores como los parlamentarios de las Cortes del siglo XIX,
o los de la República. Ahí están los discursos de Alcalá Zamora
o Gil Robles, o los de Manuel Azaña, que decía: "No pensaba
intervenir hoy pero...", e improvisaba un discurso de ocho
folios sin un solo anacoluto.
P. La unidad del español es uno de los grandes temas del
Congreso de Valladolid. ¿Corre peligro?
R. Absolutamente ninguno. Yo leo cada noche los diarios americanos
en Internet y salvo en algún caso en los titulares no hay
grandes problemas de comprensión. Hay variantes locales en
América como las hay en Murcia o en Badajoz, pero no impiden
la comunicación. Cuando a Borges le decían que había tangos
argentinos que eran difíciles de entender respondía que probasen
con una copla andaluza. La lengua es un ser vivo. Aunque se
interprete de diferentes maneras y con distintos instrumentos,
lo importante es que la partitura mantenga su unidad. Y ésta
la garantiza la ortografía.
P. ¿No hay peligro de disgregación ni siquiera en Estados
Unidos con el spanglish?
R. Tampoco es mayor peligro. No alcanza los medios
de comunicación hispanos. Es, eso sí, un fenómeno muy duradero
que se renueva continuamente. Hay, por otro lado, muchos hispanos
con conciencia clara de que el español, aunque sea para rechazarlo,
pertenece a aquello que quieren dejar atrás. Lo importante
es que exista esa conciencia, aunque sea para hablar un buen
inglés, porque eso es también bueno para el español. Evita
la contaminación entre los dos idiomas. El spanglish
es un gesto de afirmación personal sin conciencia. A alguien
que dice lookear por mirar y rentar por alquilar
le da lo mismo la lengua. Sólo quiere hacerse entender.
P. ¿Quiere decir que el spanglish
terminará por desaparecer?
R. Dependerá del papel de México, que es el gran potencial,
y de sus relaciones fronterizas con Estados Unidos. Es un
problema político.
P. ¿No hay un desfase entre el potencial lingüístico del
español y el peso político y económico de los países hispanohablantes?
R. Estados Unidos tienen el 40% de la renta mundial y el
resto se lo reparten los demás países. El porcentaje de los
países hispanos es muy bajo. Eso demuestra que no es la cantidad
de hablantes lo que hace grande un idioma, sino, por una parte,
la demanda que se tiene de él, por ejemplo, su presencia como
lengua oficial en los organismos internacionales (la Unión
Europea, la Unesco...), en los que el español es oficial,
pero en la práctica se usa mucho menos que el inglés o el
francés y, por otra, la influencia que ha tenido en la cultura
mundial. Por supuesto que está bien viajar de punta a punta
de un continente hablando tu lengua, pero la importancia se
mide por la necesidad que los otros tienen de esa lengua.
Lo que importa es la estima de los demás, no la propia. Además,
la expansión ha de ser cualitativa, no demográfica.
P. A un defensor del multiculturalismo no le sonaría muy
políticamente correcto.
R. El bantú, por ejemplo, será una lengua muy hermosa y rica
y gramaticalmente admirable en sus modulaciones, pero, lo
siento, la importancia de una lengua está en su peso en la
cultura mundial y por su contribución a la historia de la
humanidad. Eso es un hecho objetivo. Para medir la importancia
de una lengua hay que preguntarse qué ha supuesto para la
humanidad. Una vez conocí a un japonés que me dijo que había
aprendido español para leer a Cervantes en el original. Y
ahí está el caso de Unamuno, que aprendió danés para leer
a Kierkegaard. A veces, como en el caso del ruso o del chino,
el peso de una lengua no va de la mano siquiera de la influencia
política. Se mide por los libros traducidos a otros idiomas,
por ejemplo. También por ahí hay mucho camino que andar todavía.
P. Rafael Sánchez Ferlosio escribió que el Ministerio
de Cultura no debería subvencionar traducciones de Lorca al
alemán porque nosotros ya podemos leerlo, sino traducir autores
alemanes a los que no tenemos acceso en el original.
R. Tiene mucha razón. Si tenemos que pagar porque nos traduzcan
no merece la pena. Cuando yo era decano en Salamanca pedimos
un lector de inglés al Gobierno británico y nos dijeron que
ellos no lo enviaban, que si lo queríamos, lo pagáramos puesto
que el interés era nuestro, no suyo. Eso es lo que hace una
lengua fuerte. El español no está todavía, ni mucho menos,
en esa situación de predominio. Nuestro problema es que nadie
quiere todos los lectores que estamos dispuestos a enviar.
La importancia de una lengua no la deciden sus propios hablantes,
ya digo, sino aquellos que no la tienen como materna. El peso
de una lengua se mide por ese tipo de datos, por el número
de libros editados, por los artículos en las revistas científicas
o por la presencia en Internet.
P. ¿Es importante el español en Internet y en la ciencia?
R. Estamos en lo mismo. ¿Demanda la gente noticias
u objetos de España o de Hispanoamérica o en español? Eso
es lo decisivo. Lo es incluso el cuidado de las traducciones,
que suele ser infame. Un día entré en un portal y pedí
la versión española. Era ininteligible. Lo mismo me pasó con
las instrucciones en la habitación de un hotel en París. Por
no hablar de las traducciones de las instrucciones de uso
de los electrodomésticos. La pregunta es si el español es
imprescindible o todavía no, porque la oferta en inglés es
todavía infinitamente más variada y con un tratamiento mucho
mejor. Internet es un fenómeno muy importante para las comunicaciones,
pero creo que todavía su influencia en la lengua no es decisiva,
claro que yo no conozco esos chats en los que las palabras
se sustituyen por símbolos y se tiende a la extinción del
lenguaje, como en los teléfonos móviles. Algo propio de un
lenguaje rápido y sincopado.
P. Usted habla del español en relación con el resto de
las lenguas que no sean las de España, para lo que sugiere
el término castellano. ¿Cómo ve la situación del bilingüismo?
R. No querría ser políticamente incorrecto, pero el
bilingüismo real es el que practican, por ejemplo, los catalanes
que pasan de una lengua a otra sin problema. Eso es algo que
los castellanoparlantes no suelen entender. Dicen: "España
es bilingüe, hábleme en castellano". Eso no es bilingüismo.
Habría que decirles: "El bilingüismo es el que practican los
catalanes, no el que practica usted". Hay extremistas en todas
partes, pero son una minoría. La gente de la calle vive sin
traumas las relaciones entre las lenguas.
P. ¿Existe algún argumento que no sea ni nacionalista
ni sentimental para concederle alguna importancia al español?
R. No lo hay más que para los profesionales de la
lengua, para los filólogos. Alguna vez he dicho que la lengua
es la piel del alma. Es lo más nuestro, lo más propio. Uno
hablará mejor o peor, pero todos sienten que la lengua es
algo suyo.
P. O sea que, contando con que goza de buena salud, aunque
desapareciera el español no sucedería absolutamente nada.
R. Seguramente no suceda nada, pero, también es seguro
que yo no estaré aquí para verlo, ni usted. Puede que para
entonces seamos moléculas en una planta. Ya Rubén Darío se
preguntaba si en un futuro hablaríamos todos inglés. No lo
sé, pero me temo que entre nosotros y ese momento media la
muerte, que no es una mediación muy grata.
La
información y el conocimiento
"EL ESPAÑOL en la sociedad de la información" es el lema
del II Congreso Internacional de la Lengua Española que se
celebrará en Valladolid y en cuya inauguración se presentará
una nueva edición del Diccionario de la RAE -la 22ª, que sustituye
a la de 1992- cuyos detalles se guardan en el mayor secreto
hasta ese momento. Cuando Fernando Lázaro Carreter repara
en que, en uno de los avances del programa, en el título de
la sesión que él presentará, si se lo permite la salud, se
ha cambiado la palabra "información" por "conocimiento", apunta:
"No es lo mismo, claro. El conocimiento es información, como
dicen ahora los informáticos, procesada". Ponencias, mesas
redondas y paneles -publicados éstos en Internet con anterioridad
al congreso: cvc.cervantes.es- tratarán durante cuatro días
los temas más diversos, tanto los más habituales en un encuentro
de este tipo como los menos previsibles: desde las zonas dialectales,
la dimensión léxica o el contacto lingüístico hasta la publicidad,
la música o el español como industria pasando por su presencia
en Estados Unidos o en Internet. Así, junto con la presencia
de filólogos (José Manuel Blecua, Violeta Demonte, Alonso
Zamora Vicente), las sesiones contarán con la de directores
de cine (Gonzalo Suárez, Marcelo Piñeyro, Sergio Cabrera),
científicos (Jorge Wagensberg, Juan Luis Arsuaga o Javier
Echeverría) o representantes del mundo de la edición y de
la música (Thalía Dorwick, de Macgraw Hill, una de las principales
editoriales científicas de Estados Unidos, o Emilio Estefan,
productor de pop latino). Y habrá, por supuesto, escritores.
Miguel Delibes, Mario Vargas Llosa y Camilo José Cela participarán
en la inauguración de un congreso cuya primera edición -la
celebrada en Zacatecas (México) en 1997- se abrió con la polémica
proclama en la que Gabriel García Márquez, ausente ahora,
pedía mayor libertad para la ortografía, a la que, precisamente,
Lázaro Carreter llama el esqueleto del idioma, la "partitura"
que garantiza su unidad más allá de los intérpretes y las
interpretaciones.
[Entrevista del académico en
El País, en Portada, Sábado 13 de octubre
de 2001. EL ESPAÑOL, UNA LENGUA DIVERSA]
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